La ansiedad se parece a una tormenta eléctrica que se siente antes de que llegue: el cielo se oscurece, el aire se carga de electricidad, y sientes un nudo en el estómago, anticipando el trueno que aún no ha sonado. La presión del aire aumenta y cada pequeño sonido parece un relámpago que sacude tu sistema. Te quedas en espera, temiendo que el próximo trueno sea más fuerte de lo que puedes soportar.
Durante estas tormentas, puede ser difícil concentrarse en cualquier otra cosa. Tu mente se convierte en un radar, siempre alerta a cualquier señal de peligro, incapaz de desconectar. Es como si los truenos y relámpagos de la tormenta interior resonaran constantemente, haciendo imposible encontrar calma.

La ansiedad puede manifestarse físicamente también, con una tensión constante en los músculos, dolores de cabeza, y un corazón que late a un ritmo acelerado, como si intentara competir con el estruendo de la tormenta. Dormir se vuelve complicado, ya que el ruido de la ansiedad te mantiene despierto, y cuando logras descansar, el sueño no es reparador.
Incluso cuando la tormenta parece haber pasado, quedan las secuelas. El cuerpo y la mente pueden sentirse agotados, drenados de energía, pero aún en un estado de vigilancia por si la tormenta vuelve. Es como si nunca pudieras relajarte del todo, siempre esperando el próximo estallido.

